sábado, 5 de septiembre de 2009

Yo creo en ti, historia de solidaridad humana

A todos nos conmueven los sacrificios de las madres por los hijos. A todos nos emociona saber que una madre lleva fregando 11 años y ahorrando todo lo que le pagan para sacar a su hijo de la cárcel. Cuando esta madre pone un anuncio en el periódico ofreciendo una recompensa para quien desenmascare al verdadero autor del crimen por el que su hijo está en prisión, la cosa se hace pública y despierta el interés general, y el primer interés, el del periódico en cuestión.

Este es el punto de partida de Yo creo en ti , o, Call Northside 777, de Hathaway.
Y esta película va de menos a más, convirtiéndose al final en una gran obra de arte.

No importa que haya pasado medio siglo desde su realización, sigue siendo muy buena y no ha envejecido en absoluto.

El reportero al que da vida James Stewart se ve obligado a esclarecer el hecho a pesar de su escepticismo inicial. Al principio, aborda el tema como un caso periodístico más.
Después, a medida que crecen sus dudas sobre la culpabilidad del reo, se implica personalmente e intentará todo lo posible para ayudar a la madre, al encarcelado, y de paso, a toda una sociedad.

Estamos en el Chicago de la Ley seca. La policía cometió algunos errores entonces dada la cantidad de detenciones que llevó a cabo. Y por esos errores un inocente está condenado a 99 años. Y James Stewart se empeña en demostrar la falta de responsabilidad de esa persona. No lo hace sólo por la bondad de la madre, ni por las buenas maneras del presidiario, lo hace por un interés en descubrir la verdad. “Yo creo en ti”

Hay algunos aspectos en esta película que no son nada nuevos, los errores judiciales, el impacto de un artículo de la prensa en la opinión pública, el descenso a los tugurios de un barrio polaco de Chicago por parte del periodista, el riesgo, el alcohol y los bajos fondos. Pero hay algo que siempre es actual, la fraternidad humana, el deseo de ayudar al necesitado, las ganas de hacer las cosas bien enfrentándose a toda una clase acomodada que comete errores.
La tensión está presente de principio a fin, no da tiempo para descolgarnos.

Los medios técnicos de 1944 no son los de ahora. A la ampliación de fotos le sustituye el photoshop, el ordenador, a las conferencias telefónicas el móvil.
La gente entonces aún fumaba en la cama, como la mujer de Stewart. Ahora está mal visto fumar.

No obstante, no hemos cambiado tanto. Se siguen necesitando pruebas para demostrar que alguien no es culpable. Y el reportero las consigue.

Y al final nos deja con la sensación de que es reconfortante hacer algo bueno por alguien, realizar el bien, sin esperar nada a cambio. Y lo más importante, salimos sabiendo que cuando algún día necesitemos un buen samaritano, quizá haya un James Stewart de turno que lo intente por nosotros. Solidaridad humana en los tiempos que corren, eso es mucho, amigos.

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