jueves, 28 de enero de 2010

Funny Games, Haneke.

El otro día un amigo no pudo resistir Funny Games. Realmente yo también lo pase mal viéndola.

No obstante, se adivina cuando te encuentras ante una gran película, una película que te marcara, aunque sea por sus escenas de violencia sicológica. La mirada de uno de los protagonistas, el sádico joven golfista que entra en la casa de un matrimonio que va a pasar sus vacaciones junto al lago, no se olvida. Incluso ese malvado personaje se permite la osadía de preguntar al espectador qué opinamos de sus actos.

La cosa huele mal cuando el compinche se empeña en que la mujer de la casa le de los huevos que supuestamente le solicita la vecina, bueno, pinta mal ya cuando aparentemente sin querer le tira el móvil a la fregadera. La mujer empieza a mosquearse. Qué niñato tan raro, debe pensar. Pobre señora, encima su marido está pescando en el lago con su hijo.

Después todo se desencadena rápidamente, matan al perro con un palo de golf, se apropian de la casa, intimidan a la mujer y cuando el esposo regresa, le golpean también a él con el palo.

Estos tíos son unos macarras, pero unos macarras de aspecto elegante, vestidos como visten los jugadores de golf, más bien parecen unos pijos, sí, unos hijos de papá. Y hasta el líder del dúo tiene una cara inocente. Luego, confiesan a sus apresados que se drogan, que siempre se han drogado, que están mal de la cabeza, lo cuál, lógicamente, atemoriza más a las víctimas.

Con enormes similitudes con La naranja mecánica de Stanley Kubric y también con Perros de paja de Peckimpack, Haneke se separa de ellos en la aparente calma con que sucede todo.

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