domingo, 28 de febrero de 2010

Delitos y faltas, un maduro Allen



El cartel de esta película es sumamente aclaratorio. En él podemos ver a Martín Landau (Judath) y a Woody Allen (Cliff) en la escena final, tomándose unas copas y contándose parte de sus penas. Y digo que es aclaratorio porque estos dos personajes son los protagonistas de la historia, ganador y perdedor juntos al final expresándose sus propias miserias con la excusa de dar una idea para un guión de una película.

La línea argumental de Delitos y Faltas se sustenta en las experiencias vitales de Judath y Cliff. El primero es un oftalmólogo de prestigio que ha tenido una amante de la que está harto y ante las amenazas de chantaje de ella decide quitársela de en medio, así, literalmente. Cliff, en cambio, está también harto de su matrimonio, y en general, de su vida, conoce a Halley (Mía Farrow) por la que siente un fuerte deseo pero no llega nunca a consumar nada con ella, entre otras cosas porque ésta prefiere enzarzarse con Lester, el triunfador cuñado de Cliff.

Mientras que Judath opta por el asesinato y encarga el trabajo a su hermano, Cliff espera a Halley, que se va a Londres a rodar, y cuando vuelve ya está liada con su peor enemigo, su prepotente y famoso cuñado Lester (Alan Alda)

En Delitos y Faltas Woody Allen se sirve de uno de sus mejores y más sólidos guiones para hablar de temas vitales como la religión, la moral y ante todo los sentimientos de culpa por nuestras malas acciones. Judath, que se debate en una lucha interna con esos sentimientos de culpa, al final decide librarse de ellos para ser feliz y seguir con su vida de prestigio y dinero. Cliff, que tiene mas claro lo que está bien y lo que está mal, es sin embargo un infeliz porque no consigue el amor de la mujer que quiere ni el éxito profesional –es un fracasado director de documentales- mientras que su cuñado Lester es un reconocido productor de comedias.

Como siempre, Allen intenta dejarnos un mensaje personal sobre los temas de los que habla, en este caso, la moral, y parece decirnos que aunque la sociedad te considere, aunque tú mismo te consideres, un perdedor, seguramente tu conciencia estará más tranquila que la de muchos ganadores que nunca sabremos lo que han dejado atrás para triunfar.

En resumen, Woody Allen nos deja una obra madura, muy alejada de sus primeras películas humorísticas, con esta reflexión moderna de un tema muy antiguo de la humanidad, el pecado, el delito, la falta.

viernes, 19 de febrero de 2010

Zelig, camaleónico y sobresaliente Woody Allen




Sin palabras me he quedado después de ver Zelig, bueno, sólo una palabra: genial.

Hasta ahora pensaba que Annie Hall era lo mejor de este director, pero no, veo que no, y seguramente, conforme vaya avanzando el ciclo que estoy viendo de él, me llevaré más gratas sorpresas. De momento, hoy, me quedo con Zelig.

Excelente, brillante, original, divertida, irónica, inteligente, todos estos adjetivos son pocos para definir Zelig. Es, simplemente, una de las mejores películas que he visto. Así de claro, así de sencillo.

Algunos pueden pensar que exagero, pero yo creo que no. La propuesta del clarinetista, del judío, del neoyorquino, del genial Woody Allen, es atrevida e impactante, tanto visualmente como a través de un guión plagado de picardía. Allen simplemente habla de lo que quiere hablar, de sus temas preferidos, y encima lo hace con gracia, sin extenderse mucho en la duración, y dejándonos boquiabiertos, asombrados, admirados.

Esta historia inverosímil le sirve para crear un falso documental, al modo de lo que ya había hecho en Toma el dinero y corre, sobre un hombre curioso, un enfermo mental, que es capaz de transformarse en cualquier otra persona, por raro que parezca. Zelig igual es un indio, que un negro, que un gordo, que un médico, e igual está con el Papa Pío XI que con Hitler, con Chaplin, Al Capone, etc. Fabuloso punto de partida para una obra maestra.

Estamos en los años 20 en Estados Unidos, tiempos de depresión, tiempos de jazz, tiempos de gánsters, tiempos de personajes que saltan del anonimato a la fama. Y ahí es dónde aparece Zelig, un hombre camaleónico. Claro, el caso llama la atención de la opinión pública, de la ciencia, de la doctora Fletcher (Mía Farrow). Lo estudian, lo analizan, lo someten a terapias. Todo para descubrir que es un hombre que sólo quiere ser querido por sus semejantes y ser amado, amor que encuentra en esa doctora Fletcher.

Pero lo que podría ser únicamente una idea brillante para una película se convierte en algo más: en una comedia irónica, en una sátira de los documentales, en una crítica de un tiempo y de una sociedad que es a la vez una admiración y un deseo enorme de incrustarse en esa sociedad, un deseo de ser reconocido colectivamente y pasar de la individualidad a la masa. Allen critica también el poder de los medios de comunicación para encumbrar a alguien que sea una noticia por si mismo, como es Zelig. Y aún hay más, hay también una crítica de la ciencia, sobre todo de la sicología, de los siquiatras oportunistas que se suben al carro de lo atrayente de la personalidad de sus pacientes, y que cuentan, en documentales a las cadenas de televisión, esta u otra técnica, este u otro análisis, este u otra nuevo experimento. Es un homenaje a todos los que han estado sometidos al estudio siquiátrico.

Muchas de estas ideas las había esbozado Allen en sus películas anteriores, pero nunca con tanta maestría como en Zelig.

Zelig es también una vía para que Woody Allen exprese una ambición interior, la que logra al convertirse en un director famoso. El es una especie de Zelig que se ha integrado en la sociedad y que se ha hecho público, que ha sido objeto de portadas de prensa y que ha sido analizado por sus espectadores. Sí, también Zelig es un poco Allen, o Allen es también un poco Zellig.

Bueno, en definitva, en 1983 Woody se doctora en cine y cuenta, por fin, todo lo que ha querido contar, en Toma el dinero y corre, o en Recuerdos, o en Manhattan o en Annie Hall.

martes, 16 de febrero de 2010

Recuerdos, Stardust memories, Woody Allen



En 1980, Woody habla de sí mismo, de sus películas, de su trayectoria cinematográfica y de sus relaciones amorosas y hace una defensa del creador como tal, de cualquier disciplina, puesto en conexión con sus fans, que le acosan, le adulan, o le critican.
Stardust es una película rara en cuanto a su forma pero sencilla en lo que cuenta: es Allen hablando de Allen.

Si he de quedarme con alguna escena que me guste de Recuerdos, me quedo con la de Allen (Sandy, director de cine) preguntándole a unos extraterrestres cuál es su sentido en el mundo. “Tú, haz películas. Y nos gustan más las cómicas”, le dicen.
Parece que el director recurre a una voz superior, a un ente que tenga la posesión de la verdad abrumado por tantas opiniones que hay sobre su cine. “Éstos me darán la solución”, parece pensar Allen.

La peli empieza con Woody en el interior de un tren viejo con personas con rostros horribles o digamos poco agraciados, y en paralelo un tren con gente maja, mas divertida, con mujeres más bellas. Allen quiere bajarse y cambiar de tren, pero no puede, y termina con todos sus ocupantes en un basurero.

Luego, veremos a Sandy importunado por sus admiradores, por las Asociaciones contra el cáncer que le solicitan colaboración, por amigos de béisbol que le piden ayuda, por jóvenes que le dicen que sus películas son feas, o sea, con todo lo que rodea a un artista consagrado, con todo lo que tiene que pagar por ser famoso.

Y además Allen hablando de sus amores, de Dorrie (Charlotte Rampling) y de Isobel.

Se dice de Recuerdos que es un homenaje de Woody a Fellini, a su ocho y medio, lo cuál es probable dada la admiración del neoyorquino por los dioses europeos del séptimo arte, y también que es una reivindicación del rumbo que lleva su cine en 1980 tras su primera etapa de comedias y pasando por Annie Hall, obra puente entre su cine cómico y su cine más serio. Yo no entro a valorar estas opiniones, porque no soy un experto, y además porque no quiero, creo que se trata de contar Recuerdos como tal porque si algo quiere Woody Allen en esta película es que no se metan con sus decisiones personales respecto a sus proyectos.

sábado, 13 de febrero de 2010

El otro señor Klein, suplantación de identidad



En 1976 Joseph Losey dirige Mr. Klein, producida por Alain Delon, que también la interpreta, obteniendo varios premios César, uno de ellos el de mejor película.

Tratando el tema de la suplantación de identidad, nos introduce en una historia oscura ambientada en la Francia de 1942, en una época en la que muchos judíos vendían sus obras de valor a bajo coste acuciados por la necesidad y ante el temor de ser deportados a los campos de concentración nazis.

Mr. Klein, Alain Delon, comercia con muchos judíos pagándoles poco dinero por sus cuadros u otros objetos y enriqueciéndose a su costa.

Y así comienza la película, con un Alain Delon guapo, elegante, frío, con una bata de estar por casa que denota su riqueza, con la amante en la cama esperándole, mientras él se niega a pagar 600 luises por un cuadro de un gentil hombre holandés que un judío le vende. Mr. Klein sólo le ofrece 300 ante la desesperación de ese hombre que lo heredó de sus abuelos. Al final la venta se hace por ese precio y el mismo Klein deja escribir el recibo al comprador. Cuando el judío se va de su casa, Klein encuentra en su puerta un periódico que no ha pedido y cree que es de su comprador, cosa que éste le niega enseñándole otro diario igual que lleva en la mano.

Es importante describir esta escena porque resulta ser la clave de la película. ¿Cómo ha llegado hasta Robert Klein ese periódico judío que él no ha solicitado? Nos encontramos ante la primera incógnita y ante la primera confusión de esta historia complicada y que se complica mucho más posteriormente

Mr. Klein descubre que otro Klein con otra dirección ha solicitado el periódico. Empezamos con la doble identidad

Alain Delon se pasa la película buscando a su otro yo (que es también buscado por la policía gala por sus actividades). Al principio la búsqueda es coherente, pausada, al final obsesiva, rayando en la locura.

Las tareas detectivescas de Robert Klein le llevarán a alquilar el piso que el otro Klein ha dejado, a buscar a una mujer que sale en una fotografía junto al impostor, a visitar un castillo dónde se encontrará con Jeanne Moreau, que también conoce a Klein, a recibir llamadas telefónicas, bueno, a confundirse con su alter ego, a creerse casi que él es el otro señor Klein

El abogado de Delon le consigue un pasaporte falso con otro nombre para darle una solución, una vía de salvación, pero para ese entonces Klein ya se confunde con el otro y se arrastra hasta el punto de terminar en el mismo tren de judíos deportados para encontrarse con su otro yo. Es entonces cuando vuelve a oír el regateo inicial de la película.

Mr. Klein se sacrifica hasta la muerte con tal de descubrir a su oponente. Quizá no hacía falta este desenlace para pagar sus “culpas”, su éxito económico a costa de los judíos, pero es como una condena que él mismo se impone sin ser totalmente consciente

Homenaje al pueblo judío y a la persecución de la que fue objeto, con El otro señor Klein Joseph Losey logra hacer una película desconcertante en su desarrollo y dramática en su final, con un acertado tratamiento sicológico del personaje principal, a lo que ayuda la gran interpretación de Alain Delon, siempre soberbio como Mr. Klein.

jueves, 11 de febrero de 2010

ANNIE HALL



De las que he visto hasta ahora de Allen, me parece la mejor. En esta película de 1977 el director sí que conserva la frescura propia de sus primeros largometrajes y a la vez introduce un tratamiento más intimista de sus personajes, lo que dota a Annie Hall de un mayor empaque. El guión es fabuloso, premiado con el Oscar. Y los recursos cinematográficos son más originales. Allen empieza a experimentar formatos nuevos en cuanto a las escenas, me refiero a introducir conversaciones del protagonista Alvy con la gente de la calle haciéndoles partícipes de sus reflexiones o el hecho de hablar con el público en medio de un diálogo, como pidiendo una participación de los espectadores, técnicas que por cierto ha vuelto a emplear, por ej, en Si la cosa funciona. O también a mezclar los tiempos y los espacios retrocediendo a su antojo para mostrar su infancia o la vida de sus padres.
Resulta muy original, por ej, que el Alvy adulto se siente en el pupitre que ocupaba el Alvy niño y conteste a su profesora y también que en la cola del cine donde Alvy y Annie están soportando a un cinéfilo arrogante Allen se dirija al público diciéndonos que no aguanta más.

En Annie Hall nos encontramos con ideas que Allen repetirá en Manhattan, como es el tratamiento de las relaciones entre hombres y mujeres de un modo cómico y a la par dramático. En definitiva, se trata de no aburrir al espectador contando una relación de pareja, por lo que introduce constantemente gags o chistes de cosecha propia.

Alvy, cómico de profesión, conoce a Annie Hall (la guapísima e insuperable aquí Diane Keaton) en un partido de tenis y a partir de ahí iniciarán una relación llena de vicisitudes, de idas y vueltas, de descubrimientos personales, de conversaciones sobre sicoanalistas, novelas, la muerte, el sexo, etc, etc. Seremos testigos del comienzo, desarrollo y final de la relación y nos enamoraremos, como Alvy, de Annie Hall, de su forma de vestir, de su físico, de cómo canta, en fin, de todo.

Pero si Annie tiene protagonismo, también lo tiene Alvy, o sea, Woody Allen, que aquí hace una gran interpretación y resulta creíble en todo momento.

La historia terminará con la ruptura definitiva entre la pareja y con un mensaje de Allen acerca de las relaciones.

Y realmente no quiero decir mucho más sobre Annie Hall, porque lo mejor es verla para captar cientos de detalles que hacen del neoyorquino un director de culto.

Manhattan, de Woody Allen



Desarrollada en el corazón de Nueva York en los ambientes, lugares, bares en los que se movía Allen por aquella época, 1979, Manhattan, en un perfecto blanco y negro, con música de Gershwin, nos deja en el aire la pregunta: ¿Esperarán Isaac y Tracy 6 meses?
Ambos buscan el amor verdadero, el amor que dure toda una vida, pero ella tiene que irse a Londres por medio año. ¿Se esperarán mutuamente? Diríamos que sí.

Woody Allen se desenvuelve de maravilla en el tema de las relaciones personales, de las relaciones de pareja. Y lo demuestra aquí contándonos una historia que puede parecer enrevesada, quizá en 1979 más que ahora, pero que es simple. Les cuento

Dos amigos, Isaac y Yale, con 2 relaciones en curso, que se enamoran de la misma mujer, Mary. Ella se decide por Yale y entonces Isaac se da cuenta de que su verdadero amor es Tracy, la joven con la que tenía una relación

En definitiva, varios personajes en busca del amor, 2 amigos, 2 mujeres.

Pero Manhattan da juego para más. Porque afronta temas importantes como el del adulterio, la amistad, las relaciones entre personas con diferencias importantes de edad, la educación de los hijos en una familia de mujeres lesbianas, la llamada clase intelectual y sus diversiones, etc. Todo envuelto por la magia que desprende la ciudad.

Es curioso que Tracy (Mariel Hemingway) sea la más joven y sin embargo mucho más madura que los otros 3 personajes de mayor edad, a los que da una lección de saber estar.

Mary (Diane Keaton) es en cambio una mujer insegura, llena de complejos, que alardea de su cultura, pero que no es capaz de encontrar un equilibrio en su vida y termina en los brazos de Yale, un hombre casado que engaña a su mujer.

Allen empieza a recurrir a temas clásicos en él, como la dependencia de los sicoanalistas, su obsesión por las mujeres jóvenes, los triángulos amorosos.

Personalmente, la escena que más me gusta de Manhattan es la del cine, cuando los dos hombres están sentados al lado de Mary, que está en medio de los dos, y los dos se miran mutuamente y se vigilan pensando que cada uno está tocando a la mujer. Las caras que ponen los tres son fantásticas. Escena corta, pero intensísima

Se dice que Manhattan es una de las más memorables películas de Allen y que en ella hay un cambio a la madurez respecto a sus primeras películas, como Toma el dinero y corre, por ej. Personalmente me divertí más con la segunda, quizá porque no soy un especialista en la técnica cinematográfica, sino más bien un espectador.

Que la fotografía en blanco y negro de Manhattan sea buenísima, que la música sea espectacular, que nos topemos con un Woody más maduro, me parece estupendo, pero yo prefiero la frescura de sus primeras películas.

También me gustaría decir que Manhattan me ha resultado muy parecida a Si la cosa funciona, Allen parece querer decir lo mismo en ambas: Si te va bien, adelante.

lunes, 8 de febrero de 2010

"De todo un poco", un libro de cómics que es como una comedia.



Seguro que se podrían sacar muy buenos guiones para el cine del libro de cómics de José Antonio Bernal, humorista gráfico aragonés, que ha colaborado, por ejemplo, en el diario EQUIPO, y que actualmente, entre otras cosas, trabaja en El Jueves.

Estuve el otro día en la presentación de su libro "De todo un poco" y me divertí mucho, tanto por los presentadores como por la gracia que tiene Bernal al dirigirse al público, y más, si cuenta con la ayuda de algún asistente que le hace preguntas del tipo: "¿Has hecho algo serio alguna vez?"

Claro, me compré el libro en cuestión y me he reído muchísimo y lo digo en serio, y no sólo porque todo el mundo te dice que el "tío" es un gran dibujante.

Bernal se mete con todo cristo en plan humorístico, con los jugadores de fútbol que cobran millonadas, con los partidos políticos que se hunden y sacan un trozo de cabeza por encima del agua, con la Fórmula I, con el locutor de la fórmula I (es tremenda 1 de las viñetas en que sale en medio del matrimonio Alonso), con los periodistas oportunistas, con los de la Eurocopa, con el papel de España en la Eurocopa, bueno, con todo un poco.

Lo que les recomiendo es que hagan como yo y compren el cómic, su precio es barato y les garantizo un rato muy entretenido.

Yo, tan afortunado como los asistentes a la presentación que lo desearon, tuve la suerte de que me hiciese un dibujo (en el que por cierto salgo bastante gordo). Pero ya me dijo un amigo que no era yo. ¡Menos mal, ya había pensado que me estaba engordando de estar tanto tiempo en las butacas de un cine!

domingo, 7 de febrero de 2010

Million dollar baby, by Clint Eastwood

Al principio he pensado que esta sería una película más de boxeo, pero, claro, ahora lo entiendo, Clint Eastwood no podía hacer algo tan simple. Y Million Dollar Baby no hubiera sido considerada la mejor película de 2004 por la Academia de las Artes americana.

La meteórica carrera de Maggie parece no tener límite. Gana a casi todas sus contrincantes en el primer asalto. Es una chica con una fe ciega, con una fuerza de voluntad descomunal, con una capacidad de trabajo ilimitada. Y esto es lo que le gusta a Frankie Dunn (Clint Eastwood), por eso, a regañadientes, terminará siendo su manager. Luego, la llamará “Mi amor” y estará siempre con ella, nunca la abandonará, hasta que ella quiera que la abandone, y aún así, pasará el resto de sus días en ese restaurante donde hacen ese estupendo pastel de limón que tanto les gusta a ambos.

Million Dollar Baby, como digo, no es una película más de boxeo, ni siquiera sé ya si es una peli de boxeo o más bien es una película que trata del amor y de la muerte, de la necesidad de adelantar la muerte cuando ya se ha conseguido todo en esta vida.

Me da tanta rabia lo que hace la Osa Azul. Y, sin embargo, con cuantas Osas Azules nos encontramos en nuestra vida hasta el punto de que hagan la tuya inútil, y hagan que la persona que más te quiere y que lo ha hecho todo por ti, también la vea inútil.
Nuestra creencia en Dios tampoco servirá en ese momento. ¿O sí? Porque quizá en ese momento Dios esté con nosotros y apoye nuestra decisión. Probablemente, es la idea que la iglesia se ha hecho de Dios la que no está con nosotros, pero Dios sí.

Cuestión veinte mil veces tratada, la de la eutanasia, la salida que da Eastwood en Million Dollar Baby parece gustarnos a todos, al menos, a mí.

“Iremos al campeonato en avión, volveremos en coche”.
Y si no se vuelve en coche, entonces simplemente mejor no volver.

sábado, 6 de febrero de 2010

Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar



No, esto no es una guía informativa sobre sexualidad, más bien se trata de ridiculizar algunos tabús que siempre ha habido sobre el sexo.

Eso hace Woody Allen en esta película de título tan largo como acertado.

La divide en siete capítulos, que se convierten en sketches, sobre los afrodisíacos, la sodomía, los travestís, la frigidez, la perversión, los experimentos sobre sexualidad y la eyaculación.

Resumiendo un poco cada capítulo, en los afrodisíacos, Allen es un bufón que utiliza un bebedizo para conquistar a la reina, pero hubiera hecho mejor en ser más hábil para encontrar la llave de su cinturón de castidad. En sodomía, un médico de cabecera se enamora perdidamente de una oveja. Los travestís cuenta que a un hombre le gusta vestirse de mujer sin ser homosexual. En la frigidez, Woody tiene una mujer que sólo llega al orgasmo en público. La perversión es un concurso de TV en el que participan un señor que le gusta exhibirse en el metro y un fetichista. Los experimentos sobre sexualidad vienen de la mano de un doctor loco, Allen quiere ser su ayudante, destruye su laboratorio con la ayuda de una periodista, lo que hace que se escape una teta gigante que es “capturada” con un sujetador. Y en la eyaculación, el sketch más original, se nos muestra el interior del cuerpo humano en plena actividad sexual y antes del lanzamiento del esperma, más o menos.

Es una comedia alocada e irreverente abordando el tema del sexo, con detalles propios de este director, con cientos de detalles propios de este director, por ejemplo, que el médico sea descubierto por su mujer porque huele a chuletas de cordero o tiene restos de lana en la chaqueta o que un espermatozoide tenga miedo de hacer su trabajo porque “imagínate que no sea utilizado en la reproducción, sino en una masturbación y termine en el techo del coche”, que el marido travestí se vaya al baño de sus consuegros y se meta en un lío al disfrazarse de mujer, que la teta gigante corra por la campiña y Allen la capture utilizando un crucifijo y un sujetador, o que los encargados de conseguir la erección sean una especie de marineros remando cantando una canción.

En fin, es meterse en la cabeza de este genio que nos fabrica imágenes que nunca olvidamos.

viernes, 5 de febrero de 2010

Toma el dinero y corre, Take the money and run, golpes geniales



¿A quién se le ocurriría robar un banco poniéndole una nota al bancario en la que no se entiende si pone revólver o recólver? ¿ y a quien se le ocurría además discutirlo con ese operario? y ¿a quien se le ocurriría consultarlo con el director del banco y con su secretaria y con todos los empleados? No podía ser a otro que a él, a Woody Allen.

Su primera película, Toma el dinero y corre, Take the Money and run, es así. El lo hace todo, o casi todo, director, guionista y actor y, ya saben, te ríes sólo con verle.

Mi padre y los hombres de su generación dirían que esta peli es una “sosada”. Pero, chicos, ¡que sosada!, literalmente te partes.

Virgil Starkwell, que así se llama su personaje, es un ladrón de poca monta, ¿qué digo de poca monta? es un ladrón incompetente, nefasto. Ya lo dicen sus padres cuando son entrevistados: Es un gamberro, intentamos enseñarle a creer en Dios, pero nada…Por cierto, sus padres aparecen disfrazados con una careta con bigote y gafas, porque “no pueden soportar la vergüenza de tener un hijo así”

Virgil tuvo una infancia difícil, los demás chicos le rompían las gafas y cuando la poli iba a ayudarle, también le rompía las gafas.

Se enamora de una lavandera, Louise, y cuando van a cenar por primera vez le dice que su sombrero le suena, que lo lleva todo el mundo, que está de oferta en las rebajas.

A los seis años empieza a tocar el violonchelo, según su sicólogo porque simboliza a su madre y a un falo, y su profesor de música dice, en otra entrevista, que no entendía el instrumento, que tocaba horrible, pero a pesar de ello tenía una gran afición.

Virgil intenta salir de la cárcel simulando que lleva una pistola fabricada con jabón y chocolate. Claro, al fugarse, no se fija en que llueve y la pistola se le derrite delante de los policías. También intenta salir ofreciéndose como voluntario para una vacuna, a cambio de la libertad condicional, y entonces se convierte en un rabino.

Bueno, los gags son desternillantes y aunque la peli es de 1969 siguen conservando una originalidad extrema, sin duda se adelantan a su tiempo.

Cima del absurdo, Toma el dinero y corre adopta la forma de falso documental imitando a películas anteriores sobre criminales famosos y entrevistando a las personas que conocieron a Virgil, ese ladrón que no está en la lista de los 10 delincuentes más buscados. Es una ácida crítica contra las películas serias de gánsters y contra el duro sistema judicial americano.

Bueno, como ya he “chafado” algunos sketches, no cuento mucho más. Sólo era para que se hagan una idea de lo que se van a encontrar. Si quieren reírse a carcajadas vean Take the Money and run, Woody Allen de joven perdedor y sin embargo siempre esperanzado y luchando por sacar a su familia adelante, a pesar de ese vicio tan feo que tiene: el de robar.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Invictus, Mandela une a Sudáfrica con el rugby



Clint Eastwood aborda un acontecimiento deportivo histórico en la película Invictus: el Campeonato del Mundo de Rugby celebrado en Sudáfrica en 1995. Y se centra sobre todo en la final Sudáfrica-Nueva Zelanda, o lo que es lo mismo, Springbok contra All blacks.


Mandela llega a la presidencia en 1994 y consciente de lo que representa el equipo de rugby nacional, los Springbok, que tradicionalmente habían sido apoyados por la población dominadora blanca y rechazados por los negros, se propone ganar ese campeonato para unir a todo el pueblo en torno al equipo y formar un sentimiento nacional de país. Y lo consigue.


Este hombre que estuvo veintitantos años preso por luchar en contra del apartheid en Sudáfrica, que llegó a Presidente y que es considerado como uno de los mejores políticos del siglo XX obró el milagro de evitar una guerra civil a través del rugby


Apoyándose en este partido, que se ha considerado incluso como el nacimiento de una nación y el final del apartheid, Eastwood firma una historia emotiva y trascendente.

Morgan Freeman es Mandela y Matt Damon interpreta al capitán de los Springbok, Francois Pienaar. Ambos son personajes fundamentales. De hecho, la foto de Mandela y Pienaar recogiendo el trofeo dio la vuelta al mundo.

Interpretar a un hombre de la talla de Mandela es difícil, Freeman lo hace con solvencia, pero a menudo en el desarrollo de la película te imaginas al verdadero Nelson en esas vicisitudes. No ocurre lo mismo con Damon, ya que Pienaar es menos conocido y el parecido entre ellos es mayor, a mi modo de ver.

El presidente es un hombre con mucho carisma, con una especie de magia y eso se transmite, y lo transmite al capitán, citándole en su despacho y contagiándole el mismo espíritu de nación que él tiene y la idea de que negros y blancos deben vivir en paz en Sudáfrica.

Apartado especial tienen también los hombres de seguridad de Mandela, cuerpo formado por negros y blancos que terminan llevándose bien y celebrando la victoria.

Pocas veces, en fin, una historia real es tan perfecta y acaba tan bien que no es necesario inventar mucho más al plasmarla en el cine.