domingo, 28 de noviembre de 2010

Zamora, tierra y hombres libres, una revolución venezolana



Ezequiel Zamora fue un líder revolucionario venezolano del siglo XIX, protagonista de la Guerra Federal, que proponía que la tierra era de quien la trabajaba, hizo la guerra contra los godos y apostaba por una sublevación campesina contra la oligarquía.

Zamora, tierra y hombres libres, la película de Román Chalbaud, hace una reconstrucción histórica de la figura del militar y revolucionario, uno de los hombres más populares del 1800 venezolano.

Figuras representativas de ese tramo de la historia de Venezuela aparecen en la cinta, el liberal Antonio Leocadio Guzmán, su hijo, el terrateniente José Antonio Páez, Monagas, o Juan Crisóstomo Falcón.

La causa de Zamora está clara desde el inicio. El quiere una Venezuela liberal, liberada de los terratenientes poseedores de la mayoría de las tierras del país sin haberlas trabajado, una revolución de los campesinos que les haga salir de la miseria. Su lucha es la lucha del pueblo contra las minorías elitistas que detentan el poder y la propiedad de la tierra.

Está claro que la revolución implica ascenso al poder, no podría entenderse de otra forma. Y Zamora va subiendo políticamente y también en su carrera militar. Los presidentes de Venezuela le temen, esa es la pura verdad, por su valor y por su carisma para arrastrar al pueblo y hacer de ese pueblo un ejército.

Tras muchas vicisitudes, Zamora llegará a la batalla final habiéndose creado enemigos dentro de sus propias filas, en su propio partido. La traición está servida. Y aunque su muerte fue un misterio, la versión de Chalbaud parece la más ajustada a la realidad.

Aunque en la película parece que al final tiene 60 años, lo cierto es que murió con 43.

El actor que le da vida es Alexander Solórzano, que construye un digno papel.

Se trata, en resumen, de una película histórica, quizá con no demasiados medios técnicos y de extras, por ejemplo, pero que te hace pensar en las Revoluciones, en sus líderes y echarle un vistazo a la historia de Venezuela. Algo diferente en estos días, lo cuál se agradece.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Talk Radio, hablando con la muerte, de Oliver Stone




Eric Bogosian hace el papel de su vida interpretando en esta película de Oliver Stone a Barry Champlain, un locutor radiofónico en Dallas, cuyo programa Talk Radio va a emitirse a nivel nacional.

Champlain es un comunicador poco habitual, tanto por las formas de expresión que usa como por las personas que acceden al programa para hablar con él. Suele tratarse de gente solitaria, que está algo mal del bolo, esa es la verdad. Desde antisemitas intolerantes hasta jóvenes travestidos, desde gente que le da las gracias por hacer ese tipo de radio hasta gente que le odia y le amenaza con la muerte. Si, Barry está hablando con la muerte, sin duda.

El ritmo frenético de la película es de lo mejor. Y Oliver Stone, aún partiendo de un escenario poco habitual en su filmografía, denuncia todo aquello que ya ha denunciado en otros films anteriores y posteriores, la decadencia moral del pueblo americano, la rabia de los grupos conservadores que no perdonan a nadie que no piense como ellos, la comunicación anónima como mejor forma de calibrar la opinión pública latente en una sociedad.

Y Bogosian es el jefe de la comunicación, es el director de orquesta, él va haciendo su programa sin importarle demasiado la opinión de sus superiores o la opinión de las mujeres que están cerca de él, su ex mujer y su nueva amante, su productora. Tanto es así, que no duda en humillar a su ex justo en el programa que puede darle el pase a una cobertura a nivel nacional.

Champlain no es muy mayor, pero ya sabe mucho de la vida, o, al menos, eso parece. Desde luego, sabe ser el centro de atención y además cuenta con los medios necesarios para ello. Corta las llamadas de quien no le interesa, lleva al plató a los oyentes que le da la gana en cada momento, y en fin, hace y deshace a su antojo. Esto, lógicamente, tiene sus peligros y se palpa una amenaza de muerte constante en el ambiente.

La enemistad pública que Champlain crea en la masa se advierte claramente en el acto de presentación de un partido de basket, dónde literalmente la gente no le permite hablar.

Todos quieren oír Talk Radio, a todos se les cae la baba con Champlain, pero de ahí a admitirlo va un trecho. Eso sólo se admite anónimamente oyendo o llamando al programa

Talk Radio es la temperatura de América y América parece estar a punto de explotar.

¿Cuánto aguantará Champlain (Bosogian) destapando las miserias de una sociedad que está perdiendo sus valores morales a pasos agigantados?

Vean Talk Radio, hablando con la muerte, de Oliver Stone y lo averiguarán.

martes, 16 de noviembre de 2010

Los ojos de Julia, excelente y moderno terror clásico




No entiendo algunas críticas negativas que ha tenido esta película. Porque se trata de terror del bueno. No sé si la gente piensa que una película es mejor cuanto más complicada de entender es. Y además, todos aquellos que la acusan de previsible, ¿estaban tan seguros de que la hija del vecino no era la sicópata invisible? Seguro que no. Y les recuerdo que cuando eso se descubre falta apenas un cuarto de hora para el final, si no me equivoco mucho.

Los ojos de Julia reúne todas las reglas del cine de terror clásico para hacer de ella una moderna obra de terror. Algunos dirán que se repiten los tópicos, pero es que ¿acaso no se repiten en una película que la crítica ha endiosado llamada Origen? (Y no es que tenga nada especial contra ella, sólo que, para mí, de obra maestra, nada).

Pero, seamos sinceros, ¿cuánto miras el reloj en Los ojos de Julia? Casi nada. Porque te atrapa de principio a fin, porque cuando se descubre quien es el asesino, el director, Guillem Morales, tiene la habilidad de crear tensión con escenas muy logradas (el cuchillo afilado ante los ojos de Julia, la cuerda que Julia conoce, la pantalla en negro cuando se despierta; la madre de Iván defendiendo a su hijo, la policía que no se entera). Todo ello crea ansiedad, incertidumbre, estrés, sustos y todo lo que requiere una película “de miedo”. Con otras cintas de este año, algunas muy alabadas, no sientes casi nada, ni te inmutas, y estás preguntándote cuándo va a finalizar. Y no voy a decir nombres, para no crear polémica.

Ojo con los ojos de Julia, que es magnífica en su género, y no hay que perder de vista que el terror tiene que ser lo que es, o sea, sobresalto, sospechas, sospechosos que dejan de serlo, nuevos sospechosos, intriga, oscuridad y pánico. Y quien no haya sentido esto con Los ojos de Julia es porque estaba enredando con sus compañeros de asiento o comiendo palomitas.

A ver, también dirán algunos que no pasará a la historia del cine, y probablemente es así, pero en su primer visionado el espectador está más inquieto en su butaca que con “Todo lo que tú quieras”, por ejemplo. Y mira que me gustó, y mira que es bueno el Achero, y mira que seguramente con los años su película se recordará. Pero una cosa es una cosa y otra es otra (me estoy luciendo con frases como ésta). Lo que quiero hacer ver es que la de Mañas es una obra de calado social y la otra una de terror que trata de eso, de dar sustos y mantenerte en vilo, aunque para ello utilice algunos efectos o trucos de cámara, digamos, recurrentes en este género.

Independientemente de todo lo que he dicho, no pretendo que estéis o dejéis de estar de acuerdo conmigo. Sé que hay gente que la critica mucho y gente que le ha gustado. Yo soy de los últimos, simplemente. Y tampoco debo ser tan bicho raro, por las cifras taquilleras de Los ojos de Julia.

Ah, y Belén Rueda está extraordinaria, hasta el punto de que se ha consagrado en este tipo de papeles. Claro, algunos dicen que se ha encasillado. Me rio yo de los encasillamientos de algunos actores que les proporcionan premio tras premio. Y, por Dios, ¿quién no se encasilla en el mundo del cine?

jueves, 11 de noviembre de 2010

La red social, película sobre el facebook y su creador, Mark Zuckerberg



Película sobre el proceso de creación de Facebook, dirigida por David Fincher, en la que está siempre presente la sospecha de la vulneración, por parte de Mark Zuckerberg, su creador oficial, de los derechos de propiedad intelectual de sus compañeros en la Universidad de Harvard, Divya Narendra, Cameron y Tyler Winklevoss, que lo denunciaron argumentando que lo contrataron para que acabase el código de su sitio de Internet, ConnectU, y Zuckerberg les birló la idea.

Sea como fuese, el caso es que hoy en día Mark Zuckerberg es uno de los millonarios más jóvenes del mundo, eso sí, después de varias demandas judiciales y de llegar a acuerdos de confidencialidad de mucha pasta con algunos de sus excompañeros.

La película comienza con una conversación entre Mark y su amiga Erica y ahí ya vemos por dónde va la personalidad del fundador de facebook, un tío frío, que habla de dos cosas al mismo tiempo, y cuyo objetivo es triunfar a toda costa. Mark y Erica discuten y Zuckerberg esa noche, con la cerveza en la mesa del ordenador, decide escribir en su blog que la chica es una “zorra”, meterse con el tamaño de sus tetas y humillarla. Y además crea una web con las fotos de las chicas de la Universidad en la que la gente puede opinar y elegir a la más guapa.

Todo se sucede muy deprisa y esta idea de hacer una web dónde la gente pueda tener su perfil y relacionarse, se irá perfeccionando en la cabeza de Mark Zuckerberg hasta la fundación de Facebook, la red social más conocida del planeta. El contará con la ayuda, ante todo, de su compañero Eduardo Saverin, quien pondrá el dinero inicial necesario para plasmar las ideas de Mark.

Siempre con excesos en las fiestas y el alcohol, estos jóvenes van avanzando en su red social y ampliando contactos, personales y económicos. Conocerán al creador de Napster, Sean Parker, que ampliará el negocio a otros continentes, pero que se presenta como una persona conflictiva, con problemas con las drogas.

Hay también una traición de Zuckerberg a su amigo Saverin, al que rebaja casi al 0 por ciento su participación en facebook, y lógicamente la correspondiente demanda de éste último.

Vemos, pues, que para hacer muchos amigos hay que ganarse algunos enemigos, lo cuál parece convertirse en el lema de “La red social”.

A mí la película se me ha pasado rápido y le he cogido cierta manía a estos jóvenes talentosos, cerebritos programadores, pero con mucho menos cerebro en su vida personal. Sólo Erica y la abogada parecen tener el valor para decirle a Zuckerberg que es un gilipollas, o que si no lo es, lo hace muy bien. Yo he pensado lo mismo mucho tiempo viendo La red social, justo hasta el final, cuando Mark intenta hacer un uso del Facebook acorde con su concepción original: hacer amigos y agregar chicas; dando por hecho que todo ello le proporcionará un montón de millones de dólares.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Pan negro, símbolo de la pobreza de posguerra




El pan negro es un símbolo de la pobreza tras la Guerra Civil, pero también de unas vidas complicadas y oscuras en un mundo predominantemente rural dominado por los señores.

En esta película, a ello se suman seres envueltos en sospechas de asesinato, niños que quieren crecer demasiado deprisa observando y analizando el comportamiento de sus mayores, mujeres sacrificadas por el amor a sus maridos, sean éstos de la tendencia política que sean, niñas traumatizadas por las circunstancias de la guerra, fascistas vencedores que aplican una justicia arbitraria, etc.

La secuencia inicial de Pan Negro es extraordinaria y extraordinariamente violenta. Creemos que los derroteros del film seguirán por este camino, pero se atenúan un poco.

Es una película muy ambiciosa en el sentido de querer apuntar a demasiados objetivos; a veces parece un thriller político, otras veces hay algo de destino mágico y trágico, en ocasiones se asemeja a una saga familiar; en fin, muchas pretensiones, algunas de las cuáles no llegan a culminarse.

No obstante, nadie puede negar el evidente interés de Pan Negro, avalado además por su éxito en San Sebastián, y por el libro en que se basa, una gran novela de Emili Teixidor.

Aunque está localizada en Cataluña, podría igualmente ser válida en cualquier otro contexto geográfico de esa época.

Un punto importante es que el peso de la trama recaiga en un niño, Andreu (Francesc Colomer), ya que su visión de las cosas se va transformando con el paso del tiempo, produciéndose una pérdida de inocencia , típica de la edad, pero agravada por los acontecimientos. Su padre, Farriol, pasará, en la concepción de su hijo, de héroe idealista, cuidador de pájaros, a villano, castrador de jóvenes afeminados.

Andreu no podrá perdonarle, ni siquiera una vez que ya está estudiando bachillerato de mano de los Manubens, la familia poderosa que le adopta, pasándole al pan blanco, pero que es la misma que en el pasado condenó a él y a su familia al pan negro.

El niño protagonista optará, al final, por una solución lo más práctica posible y pensará en él mismo y su futuro, adivinándose que sus estudios para médico le harán olvidarse de esa masía, un poco de pesadilla, de sus primeros años.

Khadak, la historia de un chamán en Mongolia




Centrada en las frías estepas de Mongolia, Khadak es algo más que una película sobre las formas de vida de los mongoles, y trasciende hasta convertirse en una confrontación entre la tradición y el futuro de los pueblos.

Bagi lleva una vida serena con su abuelo y su madre, cuidando los rebaños, pero cuando una oveja se pierde y él la encuentra, oyéndola en la distancia y sufriendo un ataque epiléptico, la chamana del poblado se da cuenta de que Bagi tiene un carisma especial y un destino, que es el de convertirse en chamán.

Su abuelo le advierte, en una escena preciosa en la que ambos están sentados bajo un árbol mientras atienden a las ovejas, de que luchar contra el destino trae mala suerte y le recuerda la historia de su padre, un piloto de avión que llevaba manzanas al pueblo, que se enamoró de la empleada de correos, su madre y que terminó falleciendo en un accidente de su avión.

Al poco tiempo, un convoy militar llega a la casa informando de que los animales de la zona están afectados por una epidemia que se contagia a los hombres y apremiándoles a abandonar la tierra, trasladándoles a una ciudad minera. Bagi tiene que abandonar a su caballo, al que despide en el árbol sagrado dejándole con una simbólica cinta azul en el cuello.

Los poderes de Bagi continúan en la ciudad, y también sus ataques epilépticos. Movido por su don, salva la vida de la joven ladrona de carbón Zolzaya, lo que le hace ser arrestado y condenado a trabajos forzados, junto con los amigos de la chica. Un nuevo ataque de epilepsia le lleva a un hospital dónde le diagnostican dicha enfermedad. Muy pronto, sin embargo, su sentido de la audición vuelve a despertar. Susurrando a través de las tuberías de agua oye los sonidos de los animales. Bagi trata desesperadamente de convencer a otros pacientes que pueden escuchar a los animales que siguen vivos. Nadie hace caso de sus gritos y él se coloca en régimen de aislamiento. Bagi, a continuación, se adentra en su primer viaje chamánico y se encuentra confrontado por la chamana en el contexto de una ciudad devastada y futura. Ahí es cuando nace un movimiento ciudadano de retorno a la antigua forma de vida, y cuando Bagi y Zolzaya vuelven a estar juntos.

Khadak es una película con imágenes poderosas y de gran atracción, en la que siempre se enfrentan la forma de vida tradicional de los mongoles, aferrados a sus animales, con las ciudades actuales y los bloques de edificios. A la epilepsia se contrapone el ser un chamán, al caballo la moto, a las carretas de ganado la excavadora gigante con la que trabaja en la ciudad la madre de Bagi. Es como una forma de reivindicar una antigua forma de vivir que se ha perdido con el tiempo.

Premiada en Venecia con el León del Futuro, con una mención honorífica en Toronto y en competición en Sundance, esta coproducción alemana, belga y holandesa, dirigida por Brosens y WoodWorth, del año 2006, es visualmente casi perfecta y una obra moderna que a veces se asemeja a un videoclip musical ubicado en no se sabe qué tipo de ciudad futurista.