sábado, 20 de agosto de 2011

"El último atardecer", Aldrich hace un western sicológico más que solvente



“El último atardecer” es un western con un contenido emocional denso que aúna bien el espíritu de aventura de las películas del género con un cierto intimismo de los personajes, lo que le dota de una fuerza bastante importante.

Robert Aldrich aprovecha el talento de dos grandes actores, como son Rock Hudson (Stribiling) y Kirk Douglas (O´Malley), para deleitarnos con un western de tintes clásicos,  pero con un tratamiento más perfecto de la sicología de los protagonistas.

A ellos se les unen las mujeres, madre (Dorothy Malone) e hija (Carol Linley).  Ambas terminarán formando pareja con los hombres, una más duradera que la otra.

La conducción de ganado es el escenario elegido para plantearnos estas relaciones sentimentales que traen un bagaje complicado del pasado. Kirk Douglas es un asesino (O´Malley) perseguido por el sheriff Stribling (Rock Hudson) desde el principio de la película. De hecho, la escena inicial muestra un jinete cabalgando por un itinerario y al momento otro jinete pasando por el mismo sitio. Ya desde el principio se nos avanza que hay una persecución.

O´Malley llega a un rancho, cuya propietaria parece estarle esperando durante años. Sin embargo, también se advierte un cansancio en esa espera, lo cuál se corrobora luego. Esa mujer es Dorothy Malone (Belle), cuyo esposo, Joseph Cotten, es el propietario de los terneros que serán trasladados a Texas, un borrachín pendenciero, antiguo militar, que se meterá en un lío que dejará libre a Belle, afortunadamente para Rock Hudson.

O´Malley, como representante del lado oscuro, y Stribling, la parte buena, intentan conquistar a Belle, con el éxito del segundo. Hay una lucha amable entre los dos hombres, a pesar de que Hudson persigue a Douglas para entregarlo a la justicia. Es más, O´Malley le salvará la vida en las arenas movedizas a Stribling, si bien, cómo él mismo afirma, sólo porque Belle le necesita como capataz en el viaje del ganado.

La hija de Belle, Missy, se enamora de O´Malley, el mismo hombre que años atrás cautivara a su madre, y se pone el mismo vestido amarillo tantas veces recordado por el forajido.

Pero el tiempo ha pasado para todos, Belle ya no es la misma y busca un amor más maduro en lo sicológico y ahí está Rock Hudson, el héroe recto que no cambiará su idea de entregar a O´Malley a la justicia. Cómo éste se niega a ser entregado, ambos hombres se baten en un duelo final, en el que ciertamente ninguno está muy motivado. Tanto es así, que Douglas va a la muerte sin balas en su pequeño revólver, se resigna a su destino, suicidándose al ver que el tiempo ha cambiado lo que él amaba y que volver a intentarlo con una chica joven, que puede que sea su hija, ya no tiene mucho sentido.

Es el último atardecer para un Kirk Douglas que borda su papel, el de una persona complicada con destellos de bondad, como cuando recita poemas, y de maldad, como cuando casi estrangula al perro del rancho.

Rock Hudson también está muy bien, hay que decirlo, su papel es serio y lo afronta con responsabilidad.

Se trata en definitiva de una gran película del Oeste del director de ¿Qué fue de Baby Jane? o Canción de una para un cadáver, entre otras

¡Tenéis que verla!

1 comentario:

  1. El vestido amarillo se lo pone Missy porque el amarillo espanta a las cottonmouth Moccasin, de Moccasin de toda la vida.

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