domingo, 28 de agosto de 2011

El vuelo del Fénix, Mcgiver alemán y piloto americano para la supervivencia



Que Aldrich confie la dirección técnica de la supervivencia tras un accidente de un avión de americanos a un ingeniero alemán en época de Guerra Fría es por lo menos curioso. Y que la película fuera nominada a dos Oscars también.


Y es que El vuelo del Fénix es ante todo una película de supervivencia que podría considerarse como un anticipo de las películas de los 70 sobre catástrofes. De hecho, algunos de los actores se convirtieron en grandes protagonistas de ese tipo de obras, por ej, Ernest Borgnine.


La odisea de unos pasajeros de un avión que tiene un accidente en el desierto por una tormenta de arena es el tema de la película. Bueno no, el tema es el resurgir de las cenizas, como el ave Fénix. Se trata de levantar el vuelo.



Los actores son todos hombres, ninguna mujer, quizá para reflejar más el ambiente cerrado y de angustia de los supervivientes.


La historia empieza con un sol y termina con un sol, las quemaduras son imprescindibles, igual que la sombra que proyecta una sombrilla al lado del avión. Están encerrados en ese desierto, las ideas se desvanecen con el calor, algunos, incluso, se aventuran a intentar escapar andando.


Como en casi todas las movies de Aldrich, la sicología juega un papel tan importante como la aventura. Van de la mano.


Hombres de muy distinto calado se han juntado aquí y tienen que idear una forma de escapar de la pesadilla. Nos encontramos con el desleal sargento, el desequilibrado, el doctor bueno, el militar celosamente reglamentario, y también con el prototipo de héroe americano, James Stewart, con esa tozudez que le caracteriza y no le permite reconocer un poco su ocaso y la llegada de jóvenes con ideas, y que “las computadoras serán el futuro”. Lo paradójico es que estos nuevos jóvenes sean alemanes.


El cerebro del resurgimiento es un alemán, sí, frío, calculador, casi tan calculador que no piensa en las posibles bajas, sólo en el objetivo final: hacer volar el avión con los restos del avión accidentado. Hay que racionar el agua, hay que hacer casi una Excel para ver cómo va el consumo, hay que medir las fuerzas, hay que cumplir el programa. Y para eso el alemán es el idóneo. El americano, el piloto Towns, ya hará volar el avión cuando todo este listo, pero por lo demás, es Dorfmann, el alemán, el líder, un Mcgiver que saca oro de las piedras.


Lo más lógico hubiera sido que el avión no funcionase si ésta hubiese sido una historia real, se trata simplemente de una cuestión de porcentajes, las posibilidades son escasas. Pero, claro, estamos en el cine triunfalista americano y la cosa tenía que volar, tan bien, por cierto, que hasta los de la base petrolífera se quedan atónitos y no saben por dónde les vienen.


No obstante, nada que objetar a este film. Es bueno. Es entretenido. Y es curioso. Con unos actores consagrados.

Y es que Aldrich no tiene nada de bromista.

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