lunes, 12 de septiembre de 2011

Midnight in París, Woody Allen nos lleva al pasado para cambiar nuestro presente



A todos nos ha pasado encontrarnos fuera de sitio en nuestro propio mundo, en nuestro propio presente. Y muchas veces hemos soñado ser un guerrero vikingo, o un indio, o un apostador en un western, etc.

Pues en Midnight in París Woody Allen nos da la oportunidad de transportarnos en el tiempo, mejor dicho, se la da a Gil, Owen Wilson, su alter- ego en esta historia, que cada medianoche en París viaja a los célebres años 20 de la mano de personajes históricos y míticos del arte, e incluso a la Bélle Époque, en un, digamos, segundo escalón del sueño.

La magia en las películas de Woody no es tan extraña. Digamos que una de sus mejores películas, Zelig, parte de una idea totalmente increíble. Y pasa lo mismo en Midnight, todavía más, si cabe.

Así que en el fondo nos encontramos al genio neoyorquino en su salsa y con sus temas recurrentes, una pareja que no funciona, un tío en crisis existencial y creativa, unas chicas solitarias que necesitan ayuda en forma de amor, y una ciudad con embrujo, como antes podía ser Nueva York, y ahora es París. Y por supuesto al tipo pedante y competitivo, al triunfador, antítesis de Allen, con el que Gil tiene más de una palabra a lo largo de la película.

Gil rezuma ternura, Owen Wilson es un actor más guapo que Allen, pero hace el papel de Woody. Y lo hace bien, muy bien. Se trata de un guionista de éxito en Hollywood, pero que quiere escribir una verdadera buena novela. Y tendrá la suerte de pasearla entre la flor y nata de la intelectualidad parisina de 1920: Hemingway, Scott Fizgerald, Picaso, Dali, Buñuel, etc

El tío traba amistad con estos genios de la cultura y lo hace en plan de amigo, lo que todavía da un toque más chocante al film. Y hasta se permite la osadía de enamorarse de la amante de turno de Picaso, entusiasta de la Bélle Époque.

Pero las cosas no son tan sencillas ni siquiera en el pasado y aunque cualquier tiempo pasado fuese mejor, resulta que cualquier vendedora de antigüedades tiene el mismo o mayor encanto que Marion Cotillard. Y París bajo la lluvia es lo más bonito que hay. Sobre todo si cuando suenan las campanas de la medianoche aparece un coche antiguo desde el que te dicen: ¡Eh, joven¡ ¡sí, usted, suba, suba…!