jueves, 3 de noviembre de 2011

Los peces rojos, una joya del cine negro español



Extraordinaria farsa la que se plasma en Los peces rojos, película de 1955, con guión de Carlos Blanco y dirección de Nieves-Conde.

Nos adentramos aquí en la imaginación hecha realidad de Hugo Pascal, en la que sumerge a su compañera Ivón. Y ambos, con los peces rojos en su cabeza, llevan al espectador, nos llevan, a hora y media de intensísimo y brillante cine negro español.

He estado atento a la escena inicial, y eso que no sabía nada, o no mucho, de esta película.
El hijo de Hugo, Carlos, es la figura ausente de Los peces rojos, y, sin embargo, la más presente.  Oímos su voz, oímos la música que pone en su disco, pero no le vemos.
Carlos sube en el ascensor del hotel de Gijón al que han viajado su padre, Hugo, y la novia de éste, Ivón. Y se deja la maleta en recepción.  Y un mensaje clavado al recepcionista. Y también vemos que el ascensor sube, pero, ¿a qué habitación?

Éstas son algunos de los artificios de Los peces rojos, algunas de sus claves, o de sus armas. Otras son una gran interpretación de Arturo de Córdova y de Emma Penella. Los dos podrían ser, respectivamente, James Stewart, y Kim Novak en una película de Hitchcock. Sí, porque realmente, estamos hablando de una de las mejores creaciones del cine español policiaco o de intriga.

Siempre recae la sospecha en nuestros protagonistas, desde el mismo momento en el que en una noche de lluvia llegan desde Madrid a esta ciudad de provincias, y deciden irse a ver el mar. Carlos, el hijo, ya no volverá. Tiene un accidente y no regresa.

A partir de ahí, es cuando en flash-backs rememoramos la complicada historia de Hugo e Ivón, el uno en busca de una especie de identidad, la otra en busca de la estabilidad económica que nunca ha tenido. Escritor fracasado y bailarina mediocre de un teatro de la capital se enzarzan en un amor, lleno de fantasías, mentiras y simulacros.

A través de la histeria de la pareja, se monta una mentira con visos de realidad,  que termina con la verdad del abogado madrileño de la tía del escritor, y ante las luces del coche de la policía que escolta a los enamorados, seguramente a un lugar mucho más real y vigilado.

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