sábado, 7 de julio de 2012

La boda de Muriel, creciendo al ritmo del “Dancing Queen” de Abba



¿Muriel o Mariel?, esa es la cuestión. Si nos decantamos por Muriel, nuestra vida será gobernada por unos valores más auténticos que nos harán crecer, a lo mejor a ritmo de Abba, y aunque nuestra hermana nos repita constantemente: “Eres mala Muriel”. Si optamos por Mariel, elegimos la farsantía como modo de vida, el pensar siempre en nuestra apariencia de cara a los demás y en el triunfo de cara a la galería, cueste lo que cueste, aunque te cueste una familia, una mujer y una hija, que es lo que le pasa a Bill, el padre de Muriel.

Esta película australiana de 1994 de P.J. Hogan se ha convertido en una obra de culto. Empieza como una comedia, continúa casi como un drama y termina de la misma forma madura que alcanzan sus protagonistas, especialmente Muriel, aunque también su amiga Rhonda.

Muriel usa las mismas armas que su padre para hacerle una jugarreta que le lleva a convertirse en adulta y a encontrar la verdadera amistad. Ninguneada constantemente por su progenitor y por sus amigas, Muriel (Toni Collette) decide triunfar socialmente a través de una boda que ha existido siempre en su cabeza como una ocasión liberadora. Se dará cuenta de su mal planteamiento cuando pierde a su madre y a su mejor amiga.

Vista 18 años después de su estreno, La boda de Muriel sigue conservando un aire fresco y revitalizador, y el mensaje de su director sigue siendo válido. Se trata de que crezcamos, pero de que crezcamos bien, no incurriendo en los mismos errores de la gente que nos ha maltratado sicológicamente y valorando a los que nos han querido de verdad. Escenas buenas las hay muchas en esta película. Para mi, una de las mejores es el pase triunfal de Muriel en su boda amañada por delante de su madre sin ni siquiera verla. ¡Ay esas madres¡ ¡Como luchan por nosotros! Los padres quizá también, pero de otra forma, proporcionándonos el sustento y la idea de competitividad en una sociedad que consideran cruel y en la que hay que defenderse siendo el mejor.

Esta comedia evoluciona al mismo ritmo que Muriel, ese es uno de sus logros. Del cachondeo inicial, con esos hermanos apoltronados en el sofá viendo la tele, o esas amigas adolescentes pensando en el sexo y en los hombres y en conquistar el mundo poniéndose emperifolladas y diciendo tonterías, rechazando a las amigas que no cumplen sus expectativas por el físico, por la ropa, o por estar gordas, de esa isla donde empieza todo con actuaciones imitando a Abba, nos vamos al hospital con Rhonda y su tumor, a las sillas de ruedas, y de ahí, ya pasamos a decisiones más maduras, más adultas, como son el abandonar al marido e ir a buscar a su amiga para iniciar una verdadera vida, con todo lo bueno y todo lo malo.

Para triunfar no es necesario casarse, ni tener una boda esplendorosa y famosa, simplemente es preciso ser uno mismo y aceptarse, y quererse, tanto, al menos como al Waterloo o al Dancing Queen de Abba.

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