sábado, 15 de diciembre de 2012

Rebelde sin causa, siempre hay alguien más rebelde que tú, James Dean





Lo primero que quiero decir de esta película es que el personaje de James Dean, el ejemplo cinematográfico de siempre de la rebeldía, no me parece tan rebelde. Podría decirse que Jim Stark es un tipo bastante seguro, maduro y que los tiene bien puestos. Siempre hay alguien más rebelde que tú, más rebelde que James Dean;  en este caso, Sal Mineo, Platón (curioso que le atribuyan el nombre del filósofo griego padre de tantas teorías de pensamiento).



Si de los 60 nos ha quedado en el recuerdo, entre otras muchas cosas, la etapa hippie, los Beatles o Elvis, de los 50 también nos queda, entre otras, Rebelde sin causa y James Dean. Porque esta película es todo un símbolo de la juventud de los 50 en USA.



Una de las primeras veces que pueden verse aventuras de jóvenes norteamericanos en un Instituto, con las taquillas de siempre, los coches tipo Grease de siempre y las peleas de siempre. Pero también es verdad que puede verse una de las primeras escenas de carreras automovilísticas suicidas, con resultado fatídico, y, por cierto, desencadenante de la trama final de la historia.



Jim, Judy y Platón forman un trío más que atrayente y curioso. Tres jóvenes en busca de sentirse amados. Pero, como en todo, en sus problemas afectivos también hay grados, y en ese aspecto, Platón es el menos amado, el que está más solo y por lo tanto el más rebelde. Siempre hay alguien más rebelde que tú, James Dean.


Reunidos por primera vez en la Comisaría Juvenil, dónde, a mi modo de ver, James Dean ofrece toda una lección de interpretación (y que no me vendan el cuento de su histrionismo), los tres jóvenes unirán sus destinos hacía una carrera que para Jim y Judy termina en el  amor y para Platón en la muerte.

El chulito de turno es Buzz, el otro gallo de pelea del Instituto, aunque seguramente su séquito de amigos son bastantes peores, como demuestran con su ánimo de venganza.


Escenas remarcables en Rebelde sin causa hay muchas, como la citada de la carrera, o la pelea navajera entre Buzz y Jim. Esas, en cuanto a acción. Porque de momentos dramáticos hay unas cuantas, como, por ejemplo, esa tan impresionante en la que James Dean agarra a su padre y lo zarandea hasta el sillón exigiéndole una actitud más fuerte ante su mujer, una madre castradora con Jim y dominante hasta anular a su esposo, que en el fondo, y mirándolo bien, es un buen hombre que quiere demasiado a su hijo y que respeta demasiado a una mujer insufrible. ¿Pusilánime? Pues sí, puede ser, pero ¿qué marido no lo es un poco?



Judy también tiene sus problemillas con su padre, que parece no quererla demasiado o verla ya como una mujer. Pero éstos son tratados más vagamente en la película. Lo que sí destaca del personaje de Natalie Wood es ser una auténtica provocadora, no ya una buscona, y más aún, Judy huele la sangre en la carrera y la disfruta, su cara de excitación ante lo que puede pasar es máxima. Diríamos que disfruta por la lucha de los dos jóvenes, Buzz y Jim, por ella.



Sin desgranar mucho más de Rebelde sin causa, yo terminaría diciendo que es una película imprescindible y que si nos abstraemos al verla de todos los mitos que posee (por la muerte prematura de Dean, o Mineo), se convierte en una obra de indudable calidad cinéfila.


De verdad, James Dean, siempre hay otros más rebeldes que nosotros mismos

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