martes, 12 de marzo de 2013

Amor, de Haneke. A algunos nos gusta sufrir

 
 
Hay películas que no debieras ver en determinados momentos.
Hay películas que ya sabes que vas a llorar viéndolas.
Hay películas que, al verlas, vas a pensar en alguién especial, alguien a quien amabas mucho.
Y sabes que vas a sufrir. Es casi un acto de masoquismo placentero. Sí, a algunos de nosotros nos encanta sufrir para justificar nuestra vida, y para tener excusas para cometer ciertos pecados. Y sabemos que no hay exusa para el pecado.
Amor, de Haneke, es una de las mejores películas que he visto en los últimos meses. Una pareja de abuelos se demuestra su amor en cada momento, y más, desde que ella cae enferma. No recuerdo ya los nombres de los personajes. Pero da igual. Sí sé que Trintignant, el hombre, y Enmmanuelle Riva, la mujer, están inmensos en cada toma.
Pero, ¿qué tiene esta película que la hace tan especial y tan grande?
Pues, creo que, aparte de su clara sensibilidad, un tratamiento realista de la enfermedad y de la llegada de la muerte, tan de repente, le da una perfecta credibilidad.
Leo ahora en internet que la pareja se llama Georges y Anne. Sí, es cierto, ahora me viene a la cabeza el nombre de ella, Anne. El de él no lo recordaba. Y es que el de él no se dice mucho en la película. El de ella, más. Y lo dice sobre todo Georges, a quien se le nota como va cambiando a lo largo del desarrollo y va pasando de la felicidad a la tristeza, y luego a la frustración y a la impotencia.
Amor es ante todo una historia que nos toca más a nosotros, a los que hemos sido cuidadores o guardadores de una persona enferma que, además, va perdiendo su cordura poco a poco por causa de su enfermedad.

El sufrimiento del enfermo le hace querer morir, no querer comer. Anne le tira la comida a la cara a Georges. Y éste le da una bofetada. Hace falta valor para ello.

Aunque esta es una película de "pareja" también, yo pensé en mi madre al verla, recordé las veces, múltiples, que la atendía, que le daba de comer o la ponía en su silla, o le cambiaba los pañales. ¡Que duro es ver como una persona a la que amas se va desvaneciendo¡

Y yo recordé todo eso, al ver Amor. Y lloré como una magdalena reviviendo los últimos momentos de mi madre. Mi madre, como Anne, fue enorme en su muerte, grande, valiente y dando lecciones a todos, sobre todo, a los que tenía más cerca.
Georges soy yo, está claro, y como él, casi termino en la locura. La única diferencia es que sigo aquí, tratando de plantar cara a este puto, pero bellísimo, paraíso, que es el mundo.