martes, 4 de febrero de 2014

El visitante



El visitante, película dirigida por Thomas McCarthy en 2008, se caracteriza por su sencillez y austeridad principalmente. Pero esto no la hace carecer de interés y de pretensiones. Partiendo de un cine intimista, el director nos lleva al problema global de la inmigración ilegal y nos pone justamente en la posición de las personas, que son muchas, que viven en Occidente con el miedo siempre metido en el cuerpo de ser deportados.

El protagonista es un viudo, Walter (Richard Jenkins), profesor de Economía en Connecticut, que lleva una vida solitaria y aburrida, intentando matar el tiempo dando clases de piano y emulando a su difunta esposa, una pianista clásica. A causa del trabajo, tiene que trasladarse a Nueva York para dar una conferencia. Y al llegar al apartamento que tiene en Nueva York se encuentra con la sorpresa de que está ocupado por una pareja de inmigrantes ilegales: él, Tarek, un músico sirio-palestino y ella, Zainab, de Senegal, que vende joyas en la calle.

Aunque su primera idea es que la pareja abandone su piso, Walter, al ver que no tienen donde pasar la noche, les permite quedarse por un tiempo. Y ahí es donde se empieza a producir el cambio radical en el protagonista. De ser una persona solitaria, casi desagradable con los demás, como se demuestra con un alumno que entrega una prueba fuera de plazo, Walter empieza a convivir con la pareja de inmigrantes y a hacerse cada vez más sociable. Su pasión por la música será la causa de que empiece a conectar con Tarek, que le enseña a tocar el tambor africano, el djembe.

Para no desvelar demasiado del argumento de El visitante, simplemente diré que ambos van a tocar el tambor a un parque y al volver a casa, Tarek se atasca con el tambor de Walter en la barrera del metro y es detenido, lo que hará que su madre, Mouna, residente en Michigan, se traslade a Nueva York.

Lo que más me ha gustado de El visitante, además del cambio en la vida de Walter, es el buen planteamiento de McCarthy para ponernos en lugar de los inmigrantes. Al utilizar a Walter digamos que, como intermediario, como amigo de la pareja ilegal, hace que nos posicionemos del lado de los extranjeros, que curiosamente, aquí, no son los visitantes, ya que ellos son los que estaban viviendo en el piso de Nueva York. El visitante y el que entra en sus vidas es Walter, que además recobra el interés por su existencia al conocerles a ellos.

Nos toparemos en la película con la burocracia, con su lentitud e inoperancia, y con el cumplimiento riguroso de la ley sin tener en cuenta las circunstancias personales ni las aspiraciones de vida de los personajes.

Muy buena la escena final de Walter tocando el tambor en el metro como nunca lo había hecho: con rabia y a la vez con total libertad.

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